No sé si este domingo ha tenido algo de especial. Aunque tal vez todos los domingos lo sean.
Una chica me decía el otro día que en su vida “no había ocurrido nada extraordinario ni fuera de lo común”, y eso le hacía sentir triste. Tal vez necesitamos que ocurran cosas sorprendentes para seguir creyendo que la vida vale la pena vivirla. Tal vez, intuyo que es esto, hayamos perdido la capacidad de aprender a valorar los pequeños detalles y las cosas ordinarias, las que no llaman la atención, han dejado de ser para nosotros una nueva oportunidad para crecer, madurar o emocionarnos…
Son las 9,50 cuando llego al aparcamiento de la prisión. Conmigo vienen dos voluntarios para animar las Eucaristías. A las 10 llegará el tercer voluntario y entraremos juntos. Mientras me esperan, saludaré al Jefe de Servicios. Hoy está José Ramón, al que le preguntaré por Castellón, mi tierra, ya que también es de allí. Y después de coger las llaves del Salón de Actos, empezará mi peregrinaje particular para llevar y traer internos a los módulos, con la confianza de que a las 12h podamos haber acabado para pasar después por comunicaciones a dejar unos paquetes que otra voluntaria ha preparado para algunos internos indigentes. Rápido, rápido que a las 13h tengo otra misa en Elche.
Abro el Salón de Actos y cojo una nueva llave que me permite subir a un cuarto desde donde enciendo las luces del Salón. 1, 2 y 3, siempre en el mismo orden, y el salón pasa de la absoluta oscuridad a la luz suficiente como para celebrar las Eucaristías.
Hoy he tenido suerte y viene Juanma, un funcionario, auxiliar, que me echará una mano con los internos. En el listado que llevo, entre todos, hay más de 180 internos apuntados en lista. De la mayoría conozco las caras, pero por el nombre y que conozca habré hablado tal vez con unos 100. Tal como van las cosas, el 80% de ellos no estarán el año que viene, bien porque los trasladaron o bien porqué les habrá llegado la libertad.
Mientras Juanma se encarga de los internos del módulo 1, los más numerosos, me voy al módulo 3, para sacar a los primarios. Llego a la garita de los funcionarios y me reciben como cada domingo que a ellos les toca ciclo de trabajo. ¡Buenos días, Pater, ya pensábamos que hoy no había misa! Les sonrío y bromeo diciéndoles que eso de “trabajar todos los domingos y fiestas de guardar es un rollo, y que quiero un trabajo normal”. Nos reímos. Les pregunto si necesitan ayuda pero me dicen que no me preocupe, que ellos me los llevan en cuanto acaben con el reparto de medicación.
Les amenazo con volver después para recoger, en la segunda misa, a los del modulo 3 derecha. Se ríen de nuevo. Me despido y me voy a por los internos del módulo 4 izquierda. Los de la derecha no pueden salir pues son primeros grados y los de la izquierda, aunque son FIES (Fichero Internos Especial Seguimiento) me han autorizado a sacar a los que quieran ir a misa, siempre que no sean incompatibles con otros internos.
Estamos todos en el Salón y la Eucaristía se desarrolla como siempre, más de 80 hombres, están atentos a las oraciones, los cantos… y el silencio y el respeto reina durante toda la celebración. ¿Quién lo diría? ¡Ni en la calle he visto tanto silencio en una celebración!
Segundo peregrinaje. Llevo a los internos del 4 a su módulo. Me paso por la Enfermería, hoy trabaja Paco el funcionario, que con su acento murciano me saluda deseándome un feliz domingo. A lo lejos veo a Carlos, un interno, y con un solo gesto interpreta que es el momento de dar voces por el patio para avisar a los que quieran ir a misa. Como les costará más llegar ya que son las personas más mayores y hay alguna que otra muleta para ayudar a caminar… me acerco de nuevo al modulo 3 y cumplo mi amenaza: ¡vengo a llevarme a los del 3 derecha! Nos reímos de nuevo.
Mientras, Juanma ha ido a por los internos del módulo 2 que llegan cuando estamos todos en el salón. Pero durante el camino, gestos de rigor de algunos internos: Arrancar hojas de la planta de hierbabuena, mirar en los ceniceros por si alguien dejó una colilla y quien más o quien menos me tantea o me recrimina que no le han llegado los 6 euros que le dije que le pondría en peculio (no los puse porque tenía 40 cuando fui a mirarlo). Le digo que luego se lo explico.
Esta misa es más movida. La homilía a la fuerza también lo es. Así consigo mantener la atención y a la vez conseguir que se sientan dentro de la celebración. Durante las peticiones piden muchas cosas, como siempre, con razón son el patio más tiradillo de la prisión. Al terminar, la cola de indigentes se forma delante de mí y de mi libreta, donde me apunto los recados para la semana.
Miro el reloj de reojo, me doy prisa pues son las 11,50. Cerramos todo y nos vamos a dejar los paquetes.
¿Un relato casi aburrido verdad? Pues todo depende de la profundidad y la intención.
Fijaos, no hablé ni de una sola emoción. Tal vez por eso el relato no hay dicho nada, pero… ¡a veces lo ordinario puede ser tan bello! Releamos la historia.
Tengo suerte de poder ir acompañado cada domingo a las Misas de la Cárcel con tres personas que hoy decidieron que su mejor forma de empezar el domingo era compartiendo su vida con los más pobres, los presos. Una de ellas viene de empalmada de trabajar sin dormir. Al pasar el primer registro, el funcionario de puerta, ya amigo, me saluda con un abrazo cariñoso y con la mirada me dice que me llamará por teléfono porque necesita hablar conmigo. José Ramón, el jefe de Servicios, ha estado en misa y ha rezado en silencio, como siempre, y se ha mimetizado entre los internos, como uno más, a la hora de la Comunión. La Eucaristía es la misma para todos. En las idas y venidas de los módulos, los internos me han explicado las últimas novedades sobre sus causas y toda la desesperanza que eso implica. A algunas familias las conozco, a otras las hemos podido becar, con otras aun tengo que hablar y conocer a sus hijos. Antonio, uno de los funcionarios del 3, me ha pedido ofrecer la Eucaristía por un amigo suyo que ya ha fallecido. Cada saludo, cada paz dada en la celebración va acompañada de un deseo sincero de libertad y amistad. Mientras entran los del 2, voy recibiendo unos cuantos “Padre, gracias por el peculio” o “Gracias por la ropa”, mientras observo de reojo a Pedro y Blas que han corrido para llegar antes que nadie al cenicero y quedarse con la mejor presa del lugar, las colillas que se han quedado a la mitad, porque no tienen dinero para comprar en el patio. Blas lleva unas zapatillas 5 números más grande y Pedro me habla de que nadie le escribe. Cuánto sufrimiento, Señor. Piden mil cosas, casi nada para ellos. Saben que hay gente que sufre más: sus familias. Piden por el tercer mundo porque pasan hambre y a ellos no les falta de comer. Alguno llora en silencio esperando que no le vean los demás, otros solo cierran los ojos con la intención de que esta vez Dios les pueda escuchar con más fuerza y ayudarles. Detrás de cada petición de peculio (dinero), suele haber una historia dura, muy dura…. El dinero es solo un lenitivo para aliviar o acompañar en el sufrimiento. Una condena con tabaco es algo más llevadera…
Pero de todo esto solo sabemos los que tenemos la suerte de trabajar en la prisión. Es el sitio donde más sufrimiento hay por metro cuadrado. La parroquia más pobre de toda la Diócesis. ¡Tengo tanto para dar gracias, Señor!, ¡Aprendo tanto cada día de ellos!
P. Nacho
Una chica me decía el otro día que en su vida “no había ocurrido nada extraordinario ni fuera de lo común”, y eso le hacía sentir triste. Tal vez necesitamos que ocurran cosas sorprendentes para seguir creyendo que la vida vale la pena vivirla. Tal vez, intuyo que es esto, hayamos perdido la capacidad de aprender a valorar los pequeños detalles y las cosas ordinarias, las que no llaman la atención, han dejado de ser para nosotros una nueva oportunidad para crecer, madurar o emocionarnos…
Son las 9,50 cuando llego al aparcamiento de la prisión. Conmigo vienen dos voluntarios para animar las Eucaristías. A las 10 llegará el tercer voluntario y entraremos juntos. Mientras me esperan, saludaré al Jefe de Servicios. Hoy está José Ramón, al que le preguntaré por Castellón, mi tierra, ya que también es de allí. Y después de coger las llaves del Salón de Actos, empezará mi peregrinaje particular para llevar y traer internos a los módulos, con la confianza de que a las 12h podamos haber acabado para pasar después por comunicaciones a dejar unos paquetes que otra voluntaria ha preparado para algunos internos indigentes. Rápido, rápido que a las 13h tengo otra misa en Elche.
Abro el Salón de Actos y cojo una nueva llave que me permite subir a un cuarto desde donde enciendo las luces del Salón. 1, 2 y 3, siempre en el mismo orden, y el salón pasa de la absoluta oscuridad a la luz suficiente como para celebrar las Eucaristías.
Hoy he tenido suerte y viene Juanma, un funcionario, auxiliar, que me echará una mano con los internos. En el listado que llevo, entre todos, hay más de 180 internos apuntados en lista. De la mayoría conozco las caras, pero por el nombre y que conozca habré hablado tal vez con unos 100. Tal como van las cosas, el 80% de ellos no estarán el año que viene, bien porque los trasladaron o bien porqué les habrá llegado la libertad.
Mientras Juanma se encarga de los internos del módulo 1, los más numerosos, me voy al módulo 3, para sacar a los primarios. Llego a la garita de los funcionarios y me reciben como cada domingo que a ellos les toca ciclo de trabajo. ¡Buenos días, Pater, ya pensábamos que hoy no había misa! Les sonrío y bromeo diciéndoles que eso de “trabajar todos los domingos y fiestas de guardar es un rollo, y que quiero un trabajo normal”. Nos reímos. Les pregunto si necesitan ayuda pero me dicen que no me preocupe, que ellos me los llevan en cuanto acaben con el reparto de medicación.
Les amenazo con volver después para recoger, en la segunda misa, a los del modulo 3 derecha. Se ríen de nuevo. Me despido y me voy a por los internos del módulo 4 izquierda. Los de la derecha no pueden salir pues son primeros grados y los de la izquierda, aunque son FIES (Fichero Internos Especial Seguimiento) me han autorizado a sacar a los que quieran ir a misa, siempre que no sean incompatibles con otros internos.
Estamos todos en el Salón y la Eucaristía se desarrolla como siempre, más de 80 hombres, están atentos a las oraciones, los cantos… y el silencio y el respeto reina durante toda la celebración. ¿Quién lo diría? ¡Ni en la calle he visto tanto silencio en una celebración!
Segundo peregrinaje. Llevo a los internos del 4 a su módulo. Me paso por la Enfermería, hoy trabaja Paco el funcionario, que con su acento murciano me saluda deseándome un feliz domingo. A lo lejos veo a Carlos, un interno, y con un solo gesto interpreta que es el momento de dar voces por el patio para avisar a los que quieran ir a misa. Como les costará más llegar ya que son las personas más mayores y hay alguna que otra muleta para ayudar a caminar… me acerco de nuevo al modulo 3 y cumplo mi amenaza: ¡vengo a llevarme a los del 3 derecha! Nos reímos de nuevo.
Mientras, Juanma ha ido a por los internos del módulo 2 que llegan cuando estamos todos en el salón. Pero durante el camino, gestos de rigor de algunos internos: Arrancar hojas de la planta de hierbabuena, mirar en los ceniceros por si alguien dejó una colilla y quien más o quien menos me tantea o me recrimina que no le han llegado los 6 euros que le dije que le pondría en peculio (no los puse porque tenía 40 cuando fui a mirarlo). Le digo que luego se lo explico.
Esta misa es más movida. La homilía a la fuerza también lo es. Así consigo mantener la atención y a la vez conseguir que se sientan dentro de la celebración. Durante las peticiones piden muchas cosas, como siempre, con razón son el patio más tiradillo de la prisión. Al terminar, la cola de indigentes se forma delante de mí y de mi libreta, donde me apunto los recados para la semana.
Miro el reloj de reojo, me doy prisa pues son las 11,50. Cerramos todo y nos vamos a dejar los paquetes.
¿Un relato casi aburrido verdad? Pues todo depende de la profundidad y la intención.
Fijaos, no hablé ni de una sola emoción. Tal vez por eso el relato no hay dicho nada, pero… ¡a veces lo ordinario puede ser tan bello! Releamos la historia.
Tengo suerte de poder ir acompañado cada domingo a las Misas de la Cárcel con tres personas que hoy decidieron que su mejor forma de empezar el domingo era compartiendo su vida con los más pobres, los presos. Una de ellas viene de empalmada de trabajar sin dormir. Al pasar el primer registro, el funcionario de puerta, ya amigo, me saluda con un abrazo cariñoso y con la mirada me dice que me llamará por teléfono porque necesita hablar conmigo. José Ramón, el jefe de Servicios, ha estado en misa y ha rezado en silencio, como siempre, y se ha mimetizado entre los internos, como uno más, a la hora de la Comunión. La Eucaristía es la misma para todos. En las idas y venidas de los módulos, los internos me han explicado las últimas novedades sobre sus causas y toda la desesperanza que eso implica. A algunas familias las conozco, a otras las hemos podido becar, con otras aun tengo que hablar y conocer a sus hijos. Antonio, uno de los funcionarios del 3, me ha pedido ofrecer la Eucaristía por un amigo suyo que ya ha fallecido. Cada saludo, cada paz dada en la celebración va acompañada de un deseo sincero de libertad y amistad. Mientras entran los del 2, voy recibiendo unos cuantos “Padre, gracias por el peculio” o “Gracias por la ropa”, mientras observo de reojo a Pedro y Blas que han corrido para llegar antes que nadie al cenicero y quedarse con la mejor presa del lugar, las colillas que se han quedado a la mitad, porque no tienen dinero para comprar en el patio. Blas lleva unas zapatillas 5 números más grande y Pedro me habla de que nadie le escribe. Cuánto sufrimiento, Señor. Piden mil cosas, casi nada para ellos. Saben que hay gente que sufre más: sus familias. Piden por el tercer mundo porque pasan hambre y a ellos no les falta de comer. Alguno llora en silencio esperando que no le vean los demás, otros solo cierran los ojos con la intención de que esta vez Dios les pueda escuchar con más fuerza y ayudarles. Detrás de cada petición de peculio (dinero), suele haber una historia dura, muy dura…. El dinero es solo un lenitivo para aliviar o acompañar en el sufrimiento. Una condena con tabaco es algo más llevadera…
Pero de todo esto solo sabemos los que tenemos la suerte de trabajar en la prisión. Es el sitio donde más sufrimiento hay por metro cuadrado. La parroquia más pobre de toda la Diócesis. ¡Tengo tanto para dar gracias, Señor!, ¡Aprendo tanto cada día de ellos!
P. Nacho