Los sábados por la mañana, antes de a ir a celebrar la Eucaristía con las mujeres, suelo pasearme por el módulo de la enfermería para visitar a los enfermos.
Ayer, al llegar al módulo, el funcionario me comentó que Jorge estaba encamado. Justo el domingo pasado había hablado con él en la misa que tengo a las 11 de la mañana con los internos del módulo 2. Su físico le delata; hace más de 15 años que tiene SIDA, ya se ha quedado sordo y anda apoyado en una muleta. Me ha pedido ropa varias veces ya que dice que no tiene, aunque me consta que anteriores veces la ha vendido en el patio.
Al acabar la misa me hizo la espera, pero esta vez quería algo más complicado si cabe. Quería establecer contacto con su hermano, del que no sabe nada hace más de año y medio. El hermano hace mucho tiempo que no quiere saber nada de él. Jorge lleva muchos años preso, toda una vida, y esto no hay familiar que lo soporte durante muchos años. Y es que muchos años de sufrimiento acaban propiciando el olvido o la ruptura completa del corazón.
Como no oye, se acerca mucho a mi cara para hablarme con la esperanza de que le oiga mejor. No se da cuenta que yo le escucho sin problemas. Al acercarse, descubro con mayor precisión las costras de la cara y un color amoratado en sus labios que delatan más aún su proceso terminal.
Cuando me dirijo a las escaleras que me llevarán a la primera planta de la enfermería, de camino, aparece Chimo, al que saludo y pregunto por su situación. Luego aparece Mohaned, le saludo; Joana, le saludo; y van apareciendo más internos que buscan de mi un saludo, una conversación cercana, un ¿cómo estás? O, por qué no, alguien en quién descargar la rabia hoy vestida de desesperanza por el permiso que parece que ha recurrido el fiscal cuando ya la juez de vigilancia lo tiene concedido de forma positiva. Hoy Joana viene con el rostro cambiado, normalmente sonríe, pero la amenaza próxima del cambio de prisión a Castellón le hace hoy andar cabizbaja. Mohamed anda hoy medio eufórico ya que después de tres años de llevarlo bien, por fin podrá disfrutar 3 días de permiso junto a sus hermanos en Torrevieja.
Uno de los que me saluda, Toni, me comenta que Jorge ha pasado mala noche. Se ha hecho sus necesidades encima. Me hace intuir que su saludo ha desmejorado en mucho en solo 6 días.
Las conversaciones se multiplican. A cada interno su tiempo. Sólo quieren eso, que les dediques tiempo. A la que me doy cuenta son las 11 y llevo más de tres cuartos de hora entre conversación y conversación. Debo marchar ya para el módulo de mujeres, ya que la misa allí es a las 11.
Me prometo a mí mismo que si mañana no me da tiempo de pasarme después de las mismas, mi primera visita de la semana será para Jorge. Sé lo mucho que se agradece recibir una visita cuando uno está enfermo y en prisión. Tal vez el lunes esté mejor y ya haya vuelto de nuevo a la rutina del módulo 2.
Esta vez no, esta vez he llegado tarde. Al llegar esta mañana a la enfermería para llamar a los internos para misa me ha comentando que Jorge falleció ayer, sólo 3 horas después de estar en el módulo.
Se marchó a solas y sin despedirse. El bueno de Toni, preso como Jorge, y tan enfermo como él, se había convertido en el buen samaritano que lo cuidaba día y noche. Toni había salido un momento del chabolo, a la hora de la comida, y en ese momento Jorge decidió no seguir luchando. Tal vez el silencio de la celda y la soledad fueron el lugar idóneo para abrazar la paz definitiva, aquella que no tuvo durante muchos años.
Cuando me lo dice Toni, le brillan los ojos. Me pregunto si Toni está emocionado por lo ocurrido, por los días que le ha cuidado o porque cruelmente intuye que tal vez su marcha sea parecida a la de Jorge. Prefiero no preguntárselo.
Hoy hemos celebrado la misa por Jorge. Celebrar la misa por un preso recién fallecido es algo especial. Ni en la calle he visto tanto respeto y silencio. Durante la celebración no puedo evitar sentirme mal. Me digo a mí mismo que no sabía lo que podía ocurrir pero algo me dice que me hubiera gustado poder despedirme, despedirle. Tal vez hubiera sido la única despedida. Su último cruce de mirada con alguien que era capaz de mirarle más allá de su Sida, la misma mirada que Toni, su compañero enfermo, le ha regalado estos días. Otro buen samaritano anónimo. ¡Hay tantos en la cárcel y que no salen en periódicos!.
Perdóname Jorge, llegué tarde. Necesitaba decírtelo.
Disfruta del abrazo que el Dios Amor, sin duda, te tenía preparado desde siempre.
P. Nacho