Recientemente he tenido que celebrar el funeral de dos personas que no murieron de muerte natural. Curiosamente, a mí, que no suelo oficiar los funerales en mi parroquia, me pidieron que lo presidiera por cercanía a una de las familias. Las dos personas por las que hacíamos el funeral murieron asesinadas, con 37 y 17 años.
Admito que siempre me quedo sin palabras ante estas situaciones. ¡Cuánto dolor, y cuanto sufrimiento producen este tipo de muertes! ¡Qué absurdo morir en manos de la sinrazón!
No hay palabras que logren dar consuelo. Es tanta la rabia por la incomprensión de lo ocurrido que la mejor de las homilías es el silencio y un abrazo fuerte. Eso fue lo que intenté transmitirles durante la celebración, pero dudo haberlo conseguido.
Muchos de los que han acudido saben perfectamente que yo soy el capellán de la prisión. Saben cuál es mi trabajo en la cárcel y por eso les agradezco enormemente que me invitaran a celebrar este funeral.
Y se lo agradezco porque no puedo olvidarme que detrás de cada preso hay por lo menos una víctima. Y es que el delito siempre implica dolor y sufrimiento; dolor a las víctimas en primer lugar, porque nunca eligieron que les ocurriera eso, por lo que el dolor se incrementa por 100; y dolor también para la familia del preso e incluso para el preso mismo, por todo lo que implica el ocasionar daño a los demás.
Hoy mis palabras de agradecimiento son para la hermana de uno de los difuntos. Cuando me comentaron lo ocurrido, lo único que pude recibir de ella fue una sensación de dolor, extremo dolor, y a la vez mucha fe. Incluso estuvo comentando, con mucha entereza, cómo habían sido los momentos del funeral en Madrid, de donde son ellos. Querían preparar el funeral aquí en su parroquia, con mimo, con extremo cuidado, como gozando del maravilloso recuerdo de su hermano al que, me consta, todo el mundo admiraba por su proyección profesional, coherencia personal, generosidad y dedicación al trabajo.
Cuando saludé a sus padres, sólo pude esbozar un ¡Lo siento mucho!, sincero, pero me hubiera gustado decir muchas más cosas. Tal vez no era el momento. Estoy convencido que durante la celebración el recuerdo de sus familiares difuntos era lo que hacía que la mayoría de las veces exteriorizaran su dolor con el llanto y otras, las menos, esbozaran alguna pequeña sonrisa ya que el amor les hacía viajar en el tiempo y, por un instante, recuperar algún momento especial vivido junto a aquel al que ahora despedían.
Dos vidas truncadas que dejan un gran vacío y que han sido cruelmente arrebatadas.
Ante este tipo de situaciones, resurgen, en la opinión pública, los temas como la cadena perpetua o la pena de muerte. Lo que es cierto es que el delito está mal y como tal hay que penarlo. Ni qué decir tiene que la cárcel no es la solución, pues no reinserta, pero tiene que haber medidas coercitivas que nos recuerden que la vida es un valor supremo y que nadie tiene derecho a arrebatársela a otra persona.
Tal vez el destino me tenga preparado encontrarme con alguno de los asesinos en alguna de las prisiones de este país. El haber conocido a las víctimas me ha hecho poder rezar y ofrecer a Dios todo ese dolor, sentirlo aunque solo sea un poco, en mi corazón. Tal vez mañana, el conocer a los que asesinaron a sus seres queridos, me ayude a seguir mostrando y ofreciendo la misericordia de Dios intentando desterrar de mí los prejuicios y condenas anticipadas.
En estos casos siempre me pregunto cómo hubiera actuado Jesucristo. Sé que lo más fácil es descargar la rabia y pedir justicia. Hoy le pido al Buen Dios que me regale un poco más de fe, que me ayude a poner una mirada de Merced en todo esto y, si es posible, solo si es posible, consolar a las víctimas y atenderlas con el máximo de los respetos, y a la vez, acompañar, en la cárcel, a los que ocasionaron tanto dolor, y hacerlo desde la única mirada del Evangelio.
P. Nacho