Son raros los domingos por la tarde, y más si estás en pleno verano. Pareciera que ponerse a trabajar es pecado en esta tarde de soporífero calor; y sin embargo, la oferta de actividades lúdicas tampoco me resulta demasiado atrayente.
Me apetece rezar. Creo que voy a regalarme uno de esos momentos que me gusta tener. Un gran paseo por las calles de Elche, el mp3 en las orejas y cualquiera de los discos de Brotes de Olivo. Respirar hondo y observar a la gente que pasea mientras me dejo llevar por alguna de las antífonas del disco “Yo soy”. Sí, es el plan perfecto.
Vuelvo de mi pequeña escapada mental, del mundo de los deseos, y compruebo cómo se ha dibujado una sonrisa en mi cara. Rápidamente se me borra al sobresaltarme por un gran petardo que han tirado en el parque de delante de casa. Estamos en fiestas y los petardos se convierten en la banda sonora de una ciudad que intenta sobrellevar el asfixiante calor con kilos de sandía y algún que otro heladito.
Salgo de casa, zapatillas en los pies, y selecciono en mi mp3 el disco elegido para el momento, dispuesto a disfrutar durante hora y media de la “presencia de Dios”.
Respiro hondo mientras mis pasos van haciendo camino. Me dejo llevar por la música mientras disfruto de la belleza de las palmeras y de una tímida brisa que ha decidido acompañarme durante parte del camino. ¿Qué más se puede pedir? La música me ayuda a entrar en oración y a olvidarme de las miles de conversaciones que se entrecruzan a lo largo de mi camino y que salen de bocas anónimas. Sólo los petardos me devuelven a la realidad.
Acabo de pasar el puente de la Avenida del Ferrocarrill, dispuesto a tomar con ilusión un nuevo tramo más concurrido.
Me ha parecido escuchar mi nombre; no hago demasiado caso. Sigo caminando. De nuevo, ahora con más fuerza (imagino que con mucha porque lo he escuchado a pesar de llevar la música encendida). Giro la cabeza mirando a mi alrededor con cierta timidez, vaya a ser que no sea para mí y no se note demasiado que creí que me llamaban. Miro y a cierta distancia veo una persona que levanta una mano como queriendo llamar más mi atención. Vuelve a decir mi nombre, “¡Nacho!” (menos mal que no me ha dicho Padre Nacho sino la vergüenza, no por mi estado clerical, sino por mis pintas, hubiera sido mayor). Retiro mis cascos y reconozco esa cara que se me aproxima.
Ahora sí lo reconozco. No recuerdo su nombre, pero sí su cara. No se me olvida ninguno de los rostros con los que he hablado en Fontcalent en estos 5 años. No sé porqué, pero es así. Los nombres los olvido, pero los rostros no. Ya más cerca, me saluda de nuevo, me estrecha la mano, mientras intento buscar en mi memoria unos apellidos que concuerden con ese rostro. No lo consigo. ¿Padre, se acuerda de mí?, me dice. Le contesto que sí, pero le digo: ¡Recuérdame tu nombre, que este Alzheimer mío…! (como queriendo justificar el no acordarme de su nombre). Soy Juan, dice él, con unos ojos rojizos y vidriosos que delatan que acaba de consumir alguna droga.
¡Hombre, Juan, me alegro de verte!, ¿pero tú no estabas hace poco en Fontcalent?. Sí, Padre, me dice él, ¡en el módulo de talleres, se acuerda que estuvimos hablando! Sí, claro, le contesto yo.
Sigue la conversación. Me dice que salió bajo fianza, pero que pronto tendrá el juicio. Intento quitarle hierro al asunto del juicio, pero descubro que no lo consigo cuando me dice que se enfrenta a una petición fiscal de 8 años de prisión. En ese momento tomo conciencia de la altura de su preocupación y del porqué ha decido volver a consumir esta tarde. De nuevo intento animarle diciéndole aquello de que “ya sabes que los fiscales siempre piden lo máximo”. Sin embargo, por los detalles del procedimiento, intuyo que tal vez 8 no, pero 6 seguro que le van a caer. Vuelvo a darle ánimos, sabiendo que ninguna palabra es capaz de animar teniendo en cuenta la condena que se le viene encima.
Me repite que se alegra de verme y se despide como siendo solo un hasta luego, como sabiendo que dentro de poco volveremos a vernos en la prisión. Tal vez me ha parado porque necesitaba volver a tomar contacto con el mundo de la prisión, pero desde un acercamiento positivo. Tal vez solo quería saludarme porque cuando hablamos, aquella conversación le hizo bien. No lo sé. Tal vez sólo necesitaba poder hablar con alguien que le trajera buenas noticias o que pudiera rebajar, con palabras de ánimo, el duro destino que le tiene marcado su antiguo delito.
Se despide y se marcha. Retomo mi camino y vuelvo a conectar mi música, pero no la oigo ya. La conversación con Juan me ha dejado tocado, retumba en mi mente y en mi corazón más fuerte que la música y más fuerte que los petardos que siguen amenizando la tarde.
Juan se convierte en mi oración, en mi única oración durante el resto del trayecto. Yo quería dedicar un tiempo a la oración en esta tarde pero Dios, como siempre, se ha encargado de llenarla de contenido. Me equivoqué de nuevo. Este rato de oración no era para rezar por mí, era para rezar por Juan.
¡Gracias, Señor!