Son las 10 de la noche del domingo. Llaman a la puerta. ¿Quién será a estas horas?. Nacho, ¡soy, Fermín!. ¿Fermín? (me quedo extrañado), ¿pero tú no salías mañana?. No, Padre, no, ¡era hoy!.
Mi mente recupera la última conversación que tuve con Fermín en la cárcel. Por aquel entonces decía que esa era su última entrada en prisión, que estaba harto, que tiene 32 años y lleva 10 preso.
Mientras bajo las escaleras me pregunto cuales serán sus expectativas hoy que ya no está preso. Le estrecho la mano con gesto afectuoso y lo primero que me encuentro son unos ojos vidriosos, signo evidente del que ha bebido de más. Me lo llevo a dar un paseo. Intuyo que la conversación va a ser larga, muy larga.
Es curioso como algo tan deseado como la libertad, sea a la vez algo tan temido; que algo tan ansiado produzca tanta ansiedad y desesperación.
Y es lo que tiene la libertad. Es un arma de doble filo. Porque la libertad te regala el regalo que es poder elegir lo que quieres hacer , pero a la vez implica tener que asumir que hasta la libertad hay que construirla y que hacerlo es realmente difícil sino tienes ni nada ni a nadie sobre la que construirla.
Me cuenta que no quiere volver a su pueblo porque tiene problemas en la calle, problemas que se buscó antes de entrar la última vez a prisión.
Le pregunto si ha comido desde que salió esta mañana de prisión. Me contesta que no, que ha dejado el “macuto” (sus pertenencias) en casa de no sé quien pero que no tiene donde ir a dormir.
Él y yo sabíamos que pasaría esto. Es una de las consecuencias de no haber cuidado la relación con sus padres y con el resto de la familia. No hace más que hablarme de Lola. Es la última pareja que tuvo. De esa relación tienes dos hijos. Lola también estuvo en la cárcel, lo delatan sus dientes que hablan de un pasado reciente cocainómano y el “deje” taleguero que le ha quedado después de 6 años presa.
Es difícil poder mantener una relación de pareja cuando las drogas siguen siendo una tentación y cuando se arrastra una larga historia de desprotección, inseguridades y falta de cariño recibido en la infancia, como es el caso de Fermín. ¨
Por unos momentos vagabundeo mentalmente intentando construirle un futuro….y mientras, Fermín me habla y me habla... Tengo la sensación de que esta conversación ya la he oído, tengo la intuición de que, tristemente, sé cual es el final de la historia. Esta misma conversación la he tenido con él hace 1, 2 y 3 años. En distintos momentos. Me pregunto cual será la fecha en que nuevamente ingresará en prisión. Ojalá, no.
Le miro serio y le recuerdo que esta misma conversación ya la hemos tenido. Asiente. Le digo que necesita ayuda y no solo económica. Asiente. Le digo que siempre asiente. Vuelve a asentir.
Silencio... me mira y me comenta entre lágrimas. ¡Nacho, creo que no sirvo para vivir en la calle, siempre la fastidio y no sé hacerlo mejor!. Relajo mi discurso y le digo que no va a ser fácil pero que merece la pena intentarlo.
Me sigue hablando de su pareja e hijos. Ahora asiento yo y le hago entender que por ellos es que merece la pena intentarlo. Asiente de nuevo.
Le comento que solo puedo ayudarle a pagar una habitación de alquiler durante 2 meses, que el presupuesto no da para más... Es curioso que la libertad sin dinero, sea menos libertad, ¿verdad?.
En unos días me llamara. Confío que no sea desde Fontcalent, confío que esta vez si sea desde otro lugar y que me comente que ya ha encontrado trabajo y que ha encontrado una habitación barata donde quedarse.
Ojalá esta vez si sea cierto el milagro de la libertad. Tengo miedo, egoístamente, que mi esperanza vaya desapareciendo. Cada reingreso se lleva un trozo de ella, no puedo evitarlo. Mil disculpas.
Pd: Suena, el teléfono días después, es Fermín. Buena señal.