Hoy he vuelto a hablar con Juan, no sé yo si termina de acostumbrarse a “vivir en libertad”. Durante muchos años, más de 8 ha estado en prisión, y aunque, no lo crean, eso le ha convertido en un minusválido para vivir en sociedad.
Recuerdo cuando hablábamos en el patio del módulo. Era una bomba de relojería. ¡Padre - me decía - esta condena me ha hecho polvo, me ha enterrado en vida!
¡No exageres!, tú puedes con esto y con más -le dije yo- .-No, Padre, de verdad, ahora TENGO MIEDO-. Juan mira hacia atrás y se da cuenta de que ya no es joven, de que tiene el SIDA y un historial penitenciario digno de novela.
Yo sé porqué tiene miedo. Ahora lleva algunos meses en libertad. De vez en cuando lo veo por ahí. La salud no le acompaña y “sobrevive” con la subsidio de la excarcelación. De vez en cuando viene y charlamos. Durante un tiempo estuvo en el piso de acogida pero “se ahogaba”, decidió despegar.... ¡no sabía lo que tendría que pasar!!.
Pronto comprobó que la sociedad no estaba dispuesta a dar una oportunidad a su aspecto de presidiario y a sus antecedentes penales, que como grandes surcos han ido marcando grandes arrugas no sólo en su cara sino sobretodo en su alma, ya cansada de “volverlo a intentar”. Él pensaba que, tal vez, ahora, por fin, las cosas cambiarían.... En sus mejores sueños se veía con un trabajo, con una chica, con una casa, con un buen paisaje ante sus ojos.
Habla, y mientras paseamos por la calle vamos reconociendo algún que otro rostro . Algunos saludan, otros simulan no vernos y pasan camuflados bajo barbas descuidadas, tal vez por vergüenza. Me vienen a la mente conversaciones y “deseos” que prometían cumplirse pero que hoy compruebo que se esfumaron con el primer viento. Y mientras, siempre sufriendo los mismos. Juan saluda y, aunque no quiere que me de cuenta, su rostro cambia de expresión. En sus pensamientos más íntimos es posible que haya reconocido cual es su futuro, hacia donde es posible que se dirija su historia.
Es la historia que se repite tristemente en un 65% por ciento de los casos. Intento hablar de los aspectos positivos de la vida en libertad. Los dos fingimos no haber visto nada. Fingimos no haber visto el resultado de tanta insolidaridad, injusticia, indignación, prejuicio, enfermedad, hipocresía......
Y mientras, la vida sigue jugando sus propias cartas en las que parece que Juan haya quedado fuera de la partida. ¿Cuánto vale una vida?, ¡Que descarte más caprichoso!. Sigo insistiendo en que luche, que confíe, que espere.....; y en su carpeta, papeles llenos de negativas, y en su corazón, zurcidos con aguja de coser cuero, de las que dejan marca, tantos “vuelva usted mañana” a ver si hay algo de su perfil..... que están marcando en sus ojos las ojeras propias del no poder conciliar el sueño y el haber llorado tal vez demasiado.
Los últimos acontecimientos en España hablan de sufrimiento y de apuesta por el cambio. No sé como irá todo, no tengo ni idea. El viernes que viene volveré a hablar con Juan, eso si lo sé, es fiel a su cita, ¿tendrá buenas noticias?. ¡Me voy quedando sin argumentos para mantener ante él una sonrisa!. ¿Cómo luchar contra la desesperanza?.
¿Qué extraño juego, verdad?. ¡O cambian las reglas o yo no juego!