Giro la última curva antes de dejar el campo de fútbol a mano derecha. Es la última curva que me trae la sensación de que con suerte encontraré aparcamiento en la plaza que hay al lado del nuevo edificio del Obispado. Esa plaza me trae sensaciones familiares, será porque es donde se reúnen los toxicómanos que van a recoger su dosis diaria de metadona, será porque de muchos de ellos me sé el nombre, será porque me recuerda a alguna de las plazas del barrio en el que viví...
Aparco, ha habido suerte, y veo como alguna cabeza hace un ademán de saludo como diciendo,¡eh , te conozco de algo!. Me suena su cara, creo que a él también la mía, pero no me ha reconocido del todo. Hago un gesto de saludo con la mano y como intuyo que no sabe en que contexto situarme, tal vez porque antes solo me ha visto en la cárcel, sigo mi camino hacia el obispado.
La veo subiendo por la calle Marco Oliver de camino a la metadona. Es sandra. Mantengo mi mirada fija sobre ella conforme camina, ella hacia la plaza y yo hacia el Obispado. La busco con la mirada para pararme a saludarla, pero anda demasiado entretenida hablando con otra chica que le acompaña en su particular paseo hacia su lucha contra la adicción. No me ha visto. Pasa de largo.
Me ha alegrado verla, la he visto sonriendo, hablando de forma dicharachera. Lástima que el fin del camino sea el puesto de Metadona. La conocí en prisión hace algo más de dos años. Cara de niña, grandota, sonrisa de muñeca, coqueta, andaba ennoviada con otra chica del módulo. Cosas de la cárcel.
Le costó adaptarse al módulo. Era su primera entrada. Recuerdo que no entendía muchas de las cosas que pasaban a su alrededor y que le costaba entender que el patio fuera un lugar tan complicado muchas veces. Le extrañaba que la gente se complicara la vida innecesariamente buscando problemas. Pero acabo sumándose al carro. Se metió en algunos de ellos, tal vez por dejarse llevar por la fuerza del grupo, del grupo en el que iba.
Después de muchos esfuerzos, casi cuando yo ya creía que no sería posible, me sorprendió verla un día trabajando en los talleres de la cárcel. Su primer trabajo, y fué dentro de la cárcel. Que curioso, en el tiempo que estuvo en talleres no me volvió a pedir ropa ni dinero para llamar a la familia. Creo que la prisión le hizo madurar de golpe a fuerza de recuento, recurso y chabolo (celda). Pero también le hizo madurar en otros aspectos. Su sonrisa de niña fue cogiendo tintes más tristes, más serios, más tensos.
La sonrisa que he visto hoy me ha recordado a la Sandra de antaño. De hecho yo mismo he sonreído porque estaba convencido que estaba en la prisión de Villena y que tenía muchas causas aún “por bajar”. Vamos, que se tiraría una temporada larga en prisión.
No me han gustado la compañía. Tal vez Sandra siga buscando en quien refugiarse, tal vez no haya superado el sentirse como una niña asustadiza ante un entorno que se le antoja cruel y difícil, donde no ha sido fácil sobrevivir a las garras inhumanas de algunos que quisieron aprovechar su ser infantil y su ingenuidad, para llevarle a “paraísos” que prometían ser azules como el cielo pero que se tornaron grises plomizo, como los muros de la prisión.
Sé que es cruel, pero me pregunto ¿cuándo volveré a verla en la cárcel?. Muchas de estas historias, un 65% acaban de la misma forma: nuevo delito, nueva detención, nuevo ingreso en prisión.
Hoy le pido al buen Dios que se convierta en compañero de camino de Sandra, que le haga sentir el abrazo amoroso y paterno que le fue negado desde su más tierna infancia. Que la arrope, que la cuide, que le vuelva a esbozar una sonrisa perpetua ingenua y brillante. Que le haga coleccionar sueños y no nuevas causas judiciales, futuros con esperanza y no más noches de chabolo, sonrisas..... Suerte, Sandra. Sé que suena raro, pero ¡espero no verte nunca más!, será señal de que no volviste a entrar en prisión.
Nacho