Me viene a la memoria una imagen que viví a los 15 años. Sería una mañana cualquiera de primavera, lo recuerdo porque no hacía demasiado frío. Debía ser un descanso entre clase y clase en el instituto. Recuerdo que mirando al exterior vi a un grupo de jóvenes que no debían tener más edad que yo entonces. Reconocí a alguno que era de mi barrio. Estaban juntos pero absortos. Cada uno tenía su nariz metida en una bolsa con pegamento. Estaban esnifando. Recuerdo que tampoco me llamó especialmente la atención, lo veía de continuo en el parque de mi barrio.
Esa misma mañana o cualquier otra de aquella primavera también Elena esnifaba pegamento, tal vez por no saber como evitar los problemas que vivía en casa, tal vez porque nadie le había explicado que eso le haría daño, tal vez porque nadie la quería lo suficiente como para castigarla.
Fui creciendo y empecé en el voluntariado de la prisión en Castellón de la mano del P. Florencio. Fue la oportunidad para poder ver de nuevo a aquellos chicos del barrio que años antes tonteaban con el pegamento y años después mostraban como acto de heroicidad unas venas ya imposibles de pinchar, encallecidas, que a duras penas dejaban correr el fluir de una sangre muchas veces ya infectada por el Sida. Alberto, Miguel.... con algunos compartimos hasta aquellos famosos Real Madrid-Barça que jugábamos en el colegio con una pelota hecha con papel de aluminio.
También Elena entró pronto en prisión. La droga le hizo saltarse algunas etapas de la vida: la ilusión, el soñar en un futuro mejor, la capacidad de enamorarse y no solo de la droga, un beso sincero y no de lástima por tener Sida...
Han pasado muchos años de todo aquello. Hoy paso de los treinta años. Alberto ya no está, murió, Miguel creo que también, lo vi muy mal hace unos años en la prisión de Picassent. ¡Tantos han muerto ya!
Han pasado 17 años. Ayer entré como de ordinario en el patio de mujeres y una chica me llamó especialmente la atención. ¡Padre, se llama Elena!, ¿no la conoce?. Ha estado toda su vida en prisión y muchos años aquí en Alicante. -No, no la conozco, respondí. ¡Ah, es que ha estado unos años en libertad últimamente, debe ser que desde cuando usted llegó a esta prisión!. Debe ser así, contesté yo, mientras no podía dejar de mirarla.
Lleva un vaso de plástico con café, y fuma de forma compulsiva. Anda como una persona anciana, encorvada y muy lenta. Está en los huesos que también se le marcan de forma prominente en la cara. Disimula su rostro entristecido con algo de maquillaje que no hace más que resaltar sus marcados huesos. Por uno de los laterales del pantalón asoma un trozo de plástico, me hace caer en lacuenta de que es uno de esos paquetes que se ponen a las personas mayores o a los enfermos cuando no controlan los esfínteres.
¡Si usted supiera Padre, me dicen las internas. Esta era de las guerreras!.
Hago el esfuerzo por intentar imaginármela llena de actividad y no lo consigo. La saludo. ¿Hola Elena, como estás?. Mal, Padre, me contesta. Su hablar es lento y sin fuerza, no es extraño que tengan que ayudarla a vestirse.
Hoy ha entrado en misa, la he visto rezando, he visto como el resto de las compañeras la cuida con mimo, de forma exquisita. La llegada de Elena ha hecho que la solidaridad se haga presente de forma más patente que nunca en el patio de mujeres. Se turnan para cuidarla, le compran tabaco, café y comida en el economato. Le hemos llevado ropa para que también pueda cambiarse y tener varias mudas más.
No puedo evitar que Elena me recuerde muchas cosas. Me recuerda cual ha sido el fin de mucha gente que creció cerca de mi. Elena de momento es una superviviente, pero algo me dice que la mecha de esta vela no durará demasiado tiempo más.
El número de defensas está por los suelos, el sida ha ido afectando también su antaño despierto y sano juicio. No queda nada de la guerrera Elena, de la que se comía el patio, de la que no se dejaba pisar por nada. Todo se lo ha llevado la droga. ¡Dichosa droga!.
Al final de la Eucaristía ha venido a hablar conmigo. La he mirado a los ojos, con la intención de poder ver en su reflejo toda su historia llena de sufrimiento, delito y dolor. No he podido evitar que mi corazón se haya quedado resentido. Es lo que tiene compararse, que unas veces sales ganando y otras muchas perdiendo. Elena me lleva muchos años de ventaja en la carrera contra el sufrimiento, la prisión, la soledad y la enfermedad. ¡Gracias Elena por intentar seguir sobreviviendo!.
(3 meses depués)
He vuelto a ver a Elena, ha cogido algo de peso y hoy va más maquillada que el día que la vi por primera vez. Sigue con el paquete pero hoy sonríe. Es lo que produce los mimos y la ayuda que está recibiendo en el patio. Estamos luchando por que le den el tercer grado y sobretodo por encontrar un sitio donde poder seguir sobreviviendo pero esta vez, lejos de drogas, en libertad. En libertad verdadera.. sea mucho o poco el tiempo que le quede.
Suerte Elena.